Crónica: GUTALAX desata la locura escatológica en la Sala Riff junto a AVLAK y PAINSTORM

Hay conciertos en los que uno acude a disfrutar de la música, otros en los que busca dejarse llevar por la energía del directo y después están los de GUTALAX. En estos últimos, conviene tener claras las prioridades: reírse, participar en un buen moshpit y aceptar que el papel higiénico puede acabar volando por encima de tu cabeza en cualquier momento. La banda checa de goregrind llegó a la Sala Riff dispuesta a convertir la velada en una auténtica fiesta escatológica, con AVLAK y PAINSTORM como encargados de calentar el ambiente.

La cita, que colgó el cartel de sold out, confirmó que GUTALAX cuenta con una legión de seguidores dispuestos a entregarse sin reservas a su particular propuesta. Antes de que los protagonistas de la noche hicieran acto de presencia, dos formaciones madrileñas tuvieron la responsabilidad de poner en marcha la maquinaria y preparar el terreno para lo que estaba por venir.

AVLAK

Los madrileños de AVLAK aprovecharon su paso por Granada para presentar a su nuevo vocalista, Pablo Siffredi. Una incorporación que se convirtió en uno de los puntos destacados de su actuación y que permitió al público conocer esta nueva etapa de la formación.

Con su descarga, la banda contribuyó a poner en movimiento una sala que no tardaría en convertir el espacio frente al escenario en territorio de mosh pits. La respuesta del público dejó claro que las ganas de movimiento estaban presentes desde los primeros compases y que la noche no iba a ser precisamente contemplativa.

También desde Madrid, PAINSTORM llegó con novedades en sus filas, presentando a nuevos músicos en una actuación marcada por la intensidad y la conexión con el público. El momento más significativo llegó cuando el cantante decidió abandonar el escenario para mezclarse con los asistentes y alentarlos a montar un moshpit. La iniciativa surtió efecto, los círculos de movimiento fueron ganando terreno y demostraron que, cuando el público está dispuesto, cualquier rincón de la sala puede convertirse en parte del espectáculo.

Sin embargo, el concierto también dejó espacio para un mensaje que trascendía la música. El vocalista, que ejerce como veterinario, aprovechó la ocasión para pedir colaboración con una protectora de animales y recordar la importancia de apoyar a quienes dedican su tiempo y esfuerzo a salvarlos. Un llamamiento necesario que aportó un contrapunto solidario a una velada dominada por la contundencia sonora.

En una noche animada, no todo fue perfecto. Si hay algo que cuesta comprender en un concierto de estas características es la decisión de iluminar el escenario con una intensa tonalidad rosa. Puede que la elección tenga una intención estética, pero el resultado, al menos desde el punto de vista fotográfico, deja bastante que desear.

La iluminación dificultó conseguir imágenes de calidad y complicó la tarea de captar con fidelidad lo que sucedía sobre las tablas. En una noche con tanta actividad, músicos en movimiento y público entregado, unas condiciones de luz más adecuadas habrían permitido obtener un mejor testimonio visual del espectáculo. Y eso que motivos para fotografiar no iban a faltar.

Cuando llegó el turno de GUTALAX, la Sala Riff ya estaba preparada para recibir a los checos como merecían. La banda apareció sobre el escenario al ritmo de la música de Ghostbusters, enfundada en sus característicos monos blancos. La estampa anticipaba perfectamente lo que vendría después: una combinación de goregrind, humor absurdo y una absoluta falta de complejos a la hora de convertir lo escatológico en el centro de la fiesta.

El papel higiénico comenzó a volar por los aires y pronto se transformó en una suerte de confeti de inspiración fecal. Entre el público, algunos asistentes levantaban escobillas de váter a modo de báculos, como si de objetos ceremoniales se tratara. Todo formaba parte de una estética que, lejos de buscar la solemnidad, apostaba por la provocación y la carcajada.

GUTALAX no necesita demasiadas explicaciones. Sus letras giran alrededor de excrementos, flatulencias y otras cuestiones relacionadas con el universo fecal, todo ello envuelto en una propuesta de goregrind que abraza el humor más disparatado. Aquí no hay espacio para grandes discursos ni para interpretaciones profundas: el culo es el protagonista absoluto y la banda no parece dispuesta a permitir que nadie lo olvide.

Musicalmente, los temas se suceden con rapidez, muchos de ellos de duración reducida, manteniendo el concierto en un estado de agitación constante. Entre tanta descarga, la banda también encuentra tiempo para jugar con las expectativas de los asistentes. Uno de los ejemplos más llamativos fue un tema que duró apenas cinco segundos. Tras ejecutarlo, el cantante zanjó la cuestión con un escueto «¡Ya ‘ta!», provocando las risas del público. Difícil condensar mejor el espíritu de la noche.

Y es que GUTALAX no se limita a tocar canciones: construye un espectáculo en el que cualquier elemento puede convertirse en motivo de broma. Entre tanda y tanda de temas, la música se interrumpía para dar paso a canciones tan alejadas del goregrind como «El Bimbó». Estos cambios de registro rompían momentáneamente la dinámica de la actuación, pero funcionaban como pequeños intermedios cómicos que mantenían la sonrisa en la cara de los asistentes.

La interacción con el público también dejó momentos memorables. En un momento de la noche, alguien decidió regalarles morcilla de cebolla. El cantante tomó el producto, leyó su etiqueta y aprovechó la situación para improvisar una broma. Una escena difícil de imaginar en otros contextos musicales, pero perfectamente integrada en el universo de GUTALAX.

El vocalista, además, se defendió bastante bien en español, al menos en lo que respecta a comunicarse con los asistentes y mantener el intercambio de ocurrencias. Entre bromas y comentarios, llegó incluso a confesar que, de Granada, lo que más le había gustado eran las tapas. Una declaración con la que, probablemente, se ganó la simpatía de más de uno.

El público respondió a la propuesta con entusiasmo. Conviene recordar que GUTALAX juega en una liga muy particular. Sus canciones y su puesta en escena no pretenden ofrecer una experiencia solemne ni conquistar al público mediante la complejidad conceptual de sus letras. Su propuesta se basa en el exceso, el humor escatológico y una actitud festiva que convierte lo grotesco en una herramienta para provocar carcajadas y desatar el caos.

Y precisamente ahí reside la clave para entender su éxito. La banda checa tiene un público fiel que sabe perfectamente a qué acude y qué espera encontrar. El lleno absoluto de la Sala Riff no fue casualidad: sus seguidores conocen el juego y están dispuestos a participar en él, ya sea cantando, saltando, montando un moshpit o levantando una escobilla de váter como si fuera el trofeo de la noche. Porque GUTALAX no vino a Granada para cambiar el mundo. Vino a hablar del culo, a hacer reír y a provocar una buena dosis de locura colectiva. Y, a juzgar por el lleno de la sala y la entrega del público, la misión quedó más que cumplida.

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