“Amor y Dolor” (1895) – Edvard Munch

No deja de resultarme curioso como elabora sus pensamientos y creencias el ser humano. Tenemos el poder de ampliar conocimientos hasta la infinidad y sin embargo, en multitud de ocasiones nos conformamos con cuatro “clichés básicos”. Algo así acontece en el mundo del Arte y con algunos autores. Me atrevería a poner como ejemplo de ello a Edvard Munch, pintor mundialmente conocido por El grito, obra reproducida hasta la saciedad (una de mis preferidas es aquella en la que lo interpreta Homer Simpson, sí, una tiene sus debilidades) de la que poco más cabe añadir. Pero Munch cuenta con otras muchas obras inquietantes y de gran carga psicológica. Hay una en concreto: Amor y Dolor (Kjærlighet og smerte es su nombre original) de la cual estoy cautivada, tal vez, porque su atmósfera me trae muy buenos recuerdos de la saga de libros favorita de mi infancia; El pequeño vampiro de Ángela Sommer- Bodenburg (Si tenéis hijos pequeños no perdáis la oportunidad de regalárselos, son pura magia).

Amor y Dolor es una pintura de Edvard Munch, a la que el pueblo decidió (en su infinita sapiencia popular) denominar Vampiro. En puridad, el primero fue un amigo de Munch, el crítico Stanisław Przybyszewski (maravilloso nombre para iniciar el juego de los chupitos). Przybyszewski vio la pintura en exposición y la describió como “un hombre que se ha vuelto sumiso, y en su cuello la cara de un vampiro que muerde.” Sinceramente, la primera vez que observáis la obra no pensáis en una pareja fundiéndose en un amargo abrazo cargado de desolación, lo primero que nos recorre la espina dorsal y descarga en lo más recóndito de nuestra mente es el arquetipo ancestral del vampiro saciando su sed de sangre humana (si no es así, tenéis muy poca cultural terrorífica y veis demasiado Los Bridgerton, darlings).

Nuestro Edvard pintó seis versiones diferentes del tema (¡hey! si tienes una buena idea amortízala) en el periodo 1893–1895; tres versiones se encuentran en el Museo Munch de Oslo, otra en el Museo de Bellas Artes de Gotemburgo, otra está en posesión de un coleccionista privado (subastada en 2008, por Sotheby’s, por 38,2 millones de dólares y estableció el récord mundial en subasta de una pintura de Munch) y la última no es tenida en cuenta.​ También pintó varias versiones y derivados durante su carrera posterior.

El cuadro muestra sobre un telón oscuro (que lo mismo remite a una plomiza noche de oscuridad que a una habitación en penumbra) a una mujer joven, de pálida piel e iluminada por un fogonazo de luz, con los cabellos largos y de un rojo intensísimo que abraza herrumbrosa a un hombre el cual no parece muy joven por lo descubierto de su amplia frente. Él parece también abrazarla, pero de forma sumisa, laxa e incluso desoladora. El hombre se abandona al consuelo, o mas bien se deja devorar ofreciendo su alma. La mujer es la que preside el cuadro, es quien ofrece consuelo, amor, ternura, o quien devora, quien se hace con el otro ser, nutriéndose de él. Para el autor ella es la representación del amor, él es la representación del dolor desconsolado o expresado en acordes y estrofas del grupo HELLOWEEN su mítica: A Tale That Wasn´t Right:

“Here I stand all alone
Have my mind turned to stone
Have my heart filled up with ice
To avoid its breakin’ twice
Thanks to you, my dear old friend

But you can’t help, this is the end
Of a tale that wasn’t right
I won’t have no sleep tonight
In my heart, in my soul

I really hate to pay this toll
Should be strong, young and bold
But the only thing I feel is pain
It’s alright, we’ll stay friends
Trustin’ in my confidence
And let’s say it’s just alright…”

A pesar de que muchos han visto en ello a “un hombre encerrado en el abrazo torturado de un vampiro Munch siempre reclamó que no mostraba nada más que “una mujer besando a un hombre en el cuello”.

Contamos, por parte del propio artista, con un registro escrito que juega y congenia con la obra. Pues era una costumbre del artista noruego escribir con frecuencia sobre sus obras y sus vivencias por igual, en un tono frecuentemente literario (tal vez fue él el precursor de La Contadora y nada nuevo hay bajo el sol):

“(…) entonces

pasó lo extraño – sentí como si hubiera hilos invisibles

entre nosotros – sentí como si algunos de los hilos

invisibles de su pelo todavía

me rodearan – e incluso cuando desapareció

definitivamente por encima del mar – todavía sentía

dolor allí donde me sangraba

el corazón – porque los hilos

no se podían cortar”. (Munch, 2015, p.97)

Realmente, la seducción y el amor efímero, puestos al servicio de la unión y consumación, destaca tanto en su escrito como en su pintura. El abrazo, como el “beso del vampiro”, arrastra a su vez el presagio siniestro de lo que no se puede evitar: la fascinación fatal. Este tópico es muy común en la literatura romántica, y también, por su puesto, en la figura siempre seductora del vampiro decimonónico. La vampiresa de Munch, la cual destaca por su soberanía y dominio frente al otro, comparte con una debilidad humana: el amor y el deseo de la vitalidad del otro.

Algunos críticos han querido ver en la obra una alusión u homenaje a las prostitutas que formaban parte de la vida cotidiana del artista. Otros, sin embargo, ven una especie de metáfora sobre la temprana muerte de la hermana del pintor, un hecho que dejó una honda huella en su vida.

Ciertamente, la obra de Munch representa una pintura de gritos y seres famélicos: casi vampíricos. De hecho, tanto la obra de Munch como la literatura vampírica encuentran significativos puntos de confluencia, dado que, de forma simultánea a sus obras, la literatura de horror proliferó en las grandes capitales de la cultura moderna de Europa (sobre todo en Paris y Londres), al dar materialidad literaria a seres cadavéricos como el Vampiro, que provenían de los mitos de pueblos de la Europa del Este: Austria, Hungría, Rumania y Moldavia, entre otras regiones.

Soy de la opinión de que la obra de Edvard Munch no es más que la manifestación de la enfermedad que marcó su infancia. Con tan sólo cinco años de edad, la madre de Munch falleció de tuberculosis; asimismo, su padre desarrollaría en el transcurso de su infancia una obsesión religiosa acompañada de un temperamento autoritario e impulsivo, que afectaría las relaciones con sus hijos. Debe destacarse que para finales del siglo XIX la tuberculosis era considerada una enfermedad hereditaria, cuestión en la que Munch creía y de la que queda registro en sus escritos y que la misma era considerada un síntoma de vampirismo. En palabras de Munch:

“Recibí en herencia dos de los peores

enemigos de la humanidad —Las herencias

de la tuberculosis y la enfermedad mental—

La enfermedad, la locura y la muerte

fueron los ángeles negros

junto a mi cuna (…) (Munch, 2015, p.163).

Por otro lado, cuentan los “mentideros de la época” que el escritor y músico sueco Adolf Paul (1863-1943) le hizo una visita de cortesía a Munch en 1894, poco después de que éste hubiera finalizado su cuadro más famoso, El grito. Munch andaba enfrascado en el estudio intentando pintar a una modelo que tenía el pelo muy largo y rojo, semejando llamas que caían sobre sus hombros como si se tratase de sangre congelada. El pintor, al ver a su amigo, le ordenó a voz en grito, casi fuera de sí, que se arrodillase delante de la modelo y posase su cabeza junto a sus pechos. El escritor obedeció las imperiosas órdenes, y la modelo se inclinó sobre él, dejando sus labios prietos contra el cuello masculino, y haciendo que su melena cubriese la cabeza y hombros del escritor. Poco tiempo después de esta escena, Munch terminaba Amor y dolor.

Pocos autores entrelazan de forma tan sintética el trayecto vivencial y biográfico con el trayecto artístico. La enfermedad, locura, amor y muerte nutren sus obras y le revisten de una pátina terrorífica que parece ilustrar un relato de Lord Byron.  ¿Os dais cuenta? La verdadera genialidad es rescatar belleza de la oscuridad que enraíza en la perversión de la locura y la enfermedad.

En aquel momento, en aquella despedida, juro que sentí pararse mi latir, pude notar el gélido frio que helaba mi líquido vital. Fue entonces cuando ella me envolvió como la muerte, cayendo plomiza sobre mi espalda – que ya no le sostenía en placer-

Pienso que aquella oscura noche se alimentó de la escasa felicidad que mantenía latente.

Ahora vago muerto, sin alma ni consuelo. Con la única esperanza de hacerla regresar en mis obras como aquella noche, envolviéndome en muerte, pero en sus brazos” (La Contadora)

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