Autorretrato con collar de espinas. Frida Kahlo

Como no podía ser de otra forma. Esta representa un nuevo reto para La Contadora, que se encuentra metiéndose últimamente en unos jardines de zarzas de los que es imposible salir ileso.

Hablo de desafío porque, en primer lugar, hablar de Kahlo sin caer en el repetido cliché de ¿símbolo feminista? (jamás la catalogaría de tal) que penetra en nuestras pupilas a diario se antoja complicado. En segundo lugar, de tratar divorcio no deja de ser una tarea agridulce (la muerte de una vida anterior en la que se depositaron esperanzas y expectativas y la llegada de una oportunidad que la vida te regala).

No obstante, antes de disertar sobre la obra de esta singular pintora es necesario comentar brevemente su biografía, porque su fuerza, el alma que plasma en sus cuadros, la belleza de su mensaje no nace, no vive lejos de su vida. Su obra es un continuo círculo que se retroalimenta de sus vivencias y por desgracia, del apego desmedido que sintió por Diego Rivera.

Kahlo, de nombre “penitente” pues en realidad fue bautizada como Magdalena Carmen Frida Kahlo, nació en México en 1907. Esta mujer sin igual ante todo es una pintora y para más fortuna, mexicana. De hecho, presume en todas sus obras de los elementos folclóricos de su país de origen.

Si bien es habitual que la obra de Frida se catalogue como surrealista, ella rechazó esta etiqueta hasta la extenuación. Para mí, se asemeja a un realismo mágico que podría novelar Isabel Allende.

Toda su vida danzó en el ambiente de los grandes muralistas mexicanos de su tiempo y compartió sus ideales, Frida Kahlo creó una pintura absolutamente personal, ingenua y profundamente metafórica al mismo tiempo, derivada de su exaltada sensibilidad y de varios acontecimientos que marcaron su existencia.

A los dieciocho años Frida Kahlo sufrió un gravísimo accidente (En concreto en 1925 que le fracturó la columna vertebral y la pelvis. Además de imposibilitarle tener hijos) que la obligó a una larga convalecencia, durante la cual aprendió a pintar, y que influyó con toda probabilidad en la formación del complejo mundo psicológico que se refleja en sus obras. En 1929 contrajo matrimonio con el muralista al que incluiría Joaquín Sabina en alguna canción: Diego Rivera. Tan solo tres años después sufrió un aborto que afectó en lo más hondo su delicada sensibilidad y le inspiró dos de sus obras más valoradas: Henry Ford Hospital y Frida y el aborto, cuya compleja simbología se conoce por las explicaciones de la propia pintora.

La producción de la artista mexicana es un ejemplo de ese tipo de arte que sirve como poderoso instrumento con el que exorcizar la angustia de una realidad hostil. El signo trágico de su existencia, marcada por la lucha contra la enfermedad (a los seis años contrajo una poliomielitis que le dejó importantes secuelas) y su posterior accidente no frenó su continua producción. Frida Kahlo reflejaría de forma soberbia la colisión entre su ansia de felicidad y la insistente amenaza de su destrucción, a la vez que conjuraba la dualidad irreductible entre los sueños (de amor, de hijos) y la realidad (dolor e impotencia).

Mujer resiliente donde las haya, durante la convalecencia del accidente, sin poder ni siquiera incorporarse, comenzó a pintar tomándose ella misma como modelo principal. Le colocaron un espejo bajo el baldaquino de su cama y un carpintero le fabricó una especie de caballete que le permitía pintar estando acostada. Éste fue el inicio de una larga serie de autorretratos, tema que ocupa el grueso de su producción, de carácter fundamentalmente autobiográfico. En una ocasión afirmó: “Me retrato a mí misma porque paso mucho tiempo sola y porque soy el motivo que mejor conozco.”

A mi Frida me sabe a tequila y a fuerza, a canción de mariachi quejumbrosa. Me trae aroma a dolor y recuerdos de esperanzas. Mi admiración por ella se encarna más allá de su obra colorista y aniñada – porque es infantil y ruda, como los juegos de los niños- Frida es ante todo una superviviente que se aferra a la vida con uñas y dientes. Siempre bajo el umbral del dolor, siempre disfrazándolo de fiesta y color. Con ella es como si la muerte tuviera una deuda que quisiera cobrarse pero que nunca consigue, jamás, porque aún fallecida, su presencia sigue más viva que nunca.

Frida, Frida Kahlo me suena a esa bella y agridulce canción típica mejicana: La Llorona, pero esta vez cantada por la banda de metal sinfónico ARYEM (eliminan la quietud y desgarre de la versión original para darle más ímpetu y cierto tono festivo. No obstante, imagino a Chavela susurrándosela en sus noches de amor a Frida):

“Todos me dicen el negro, llorona
Negro, pero cariñoso
Todos me dicen el negro, llorona
Negro, pero cariñoso

Yo soy como el chile verde, llorona
Picante, pero sabroso
Yo soy como el chile verde, llorona
Picante, pero sabroso

Ay de mí, llorona, llorona
Llorona, llévame al río
Tápame con tu rebozo, llorona
Porque me muero de frío…”

Si Frida Kahlo tornase en una canción sería un mariachi desgarrador como el anterior, pero si fuera un cuadro; sería Autorretrato con collar de espinas. Este óleo fue pintado en 1940. Hacia 1939 Frida se había divorciado de Diego Rivera. Es el fracaso de su experiencia amorosa lo que retrata en la obra Autorretrato con collar de espinas. En él, se pinta a sí misma de frente con una corona de espinas en forma de collar. Las espinas se hunden en su cuello en representación de su dolor tras del divorcio. Del collar cuelga un colibrí muerto, sus alas extendidas imitan a las cejas de Frida. Sobre su hombro izquierdo hay un gato negro preparado para saltar sobre el colibrí. En su hombro derecho, está su mono, mascota que le regaló Diego Rivera. Utiliza símbolos naturales para ello y combinará valores cristianos e indígenas.

Como la mayoría de las obras de Frida refleja el turbulento universo de la artista; un mundo en el que el dolor y la lucha fueron una constante. Su fuerte carga simbólica hace referencia al cristianismo y a la cultura amerindia, así, Kahlo se retrata como una orgullosa mestiza.

Al igual que en los íconos religiosos, Frida coloca su rostro en el centro, convirtiéndolo en el foco de la pintura. Su mirada refleja tanto su sufrimiento, como su resistencia a él. Su peinado, tradicionalmente mexicano, honra a su país de origen. Influida por las ideas de vindicación de identidad que propagaba el nacionalismo revolucionario, Frida vestía con largas faldas mexicanas, moños trenzados con cintas de colores y collares y pendientes precolombinos.

En lo que respecta a otros elementos reiterados en la obra de nuestra pintora; el color y naturaleza, es de destacar como los colores vivos de las hojas detrás de Frida expresan su fascinación por la naturaleza mexicana. Las libélulas y mariposas, símbolos cristianos de esperanza y renacimiento, muestran su reticencia a rendirse frente al dolor.

Mirad, deteneros en el collar de espinas, éste hace referencia a la corona de Cristo, mostrando el sufrimiento y la humillación que experimentó Frida (Se casó 21 de agosto del año 1929 cuando ella contaba con veintiún años y él, cuarenta y seis). El colibrí que cuelga de él es un símbolo del folklore mexicano de la suerte en el amor, usado muchas veces para invocar un nuevo romance. Sin embargo, está muerto, mostrando así la desilusión de Kahlo. Su matrimonio con Diego Rivera fue tortuoso, entre otras cosas por las constantes infidelidades de ambas partes. Uno de las peores fue el engaño de Diego con la hermana menor de Frida, Cristina Kahlo. Amor, desamor, celos, engaños. Su relación amorosa parece inspirar la mejor de las telenovelas latinas. Personalmente soy de la opinión de que se hirieron más que amarse, no tuvieron más herramientas para gestionar sus desilusiones que esa enfermiza dependencia emocional regada con alcohol y noches en vela. De hecho, no sólo la enfermedad fue causa de sus trastornos y metáfora de sus pinturas; los reveses de su vida afectiva también fueron tematizados en cuadros que constituyen depuradas síntesis simbólicas. En El corazón, la ausencia de manos expresa su impotencia y desesperación ante el enredo amoroso entre Diego Rivera y su hermana Cristina. Su corazón, literalmente arrancado, yace a sus pies y posee un tamaño desmesurado que refleja la intensidad de su dolor. Junto a ella, un vestido femenino, que alude a su hermana, pende de un hilo, a la vez que de sus mangas sale un único brazo que enlaza y un palo atraviesa el hueco que ha dejado su propio corazón (ahí lo llevas Dieguito).

Respecto al gato negro que se encuentra a hombros de Frida, si bien supone un símbolo occidental de la mala suerte (de hecho está en posición de ataque, mirando amenazadoramente al colibrí). También refleja el amor de la artista por los animales. Durante su vida cuidó de varios, en especial luego de darse cuenta de que no podría tener hijos.

Bueno Contadora y que nos dices del mono. En el cristianismo muchas veces se usa al mono para representar al diablo y a la lujuria. Sin embargo, para Frida, representaba el amor que no recibía de su marido. La naturaleza divertida de este animal, también puede simbolizar el hijo que no podía tener a causa de su mal estado de salud.

Como hemos comentado anteriormente, si bien la temática del óleo es desgarradora y sin esperanza, Kahlo utiliza tonos claros y la textura de cada una de las hojas al fondo realza su gran amor por la cultura mexicana. Las mariposas y libélulas representan símbolos cristianos de resurrección. Efectivamente, si el divorcio es el entierro del matrimonio desafortunado, lo cierto es que también es un portador de esperanza, pues traza una línea en el suelo cortando con los errores del pasado y si se sabe aprovechar inteligentemente, es una nueva oportunidad que te regala la vida, como si te susurrase al oído aquella canción de Extremoduro: “ama, ama, ama y ensancha el alma”.

Juraría que Frida Kahlo pintó color en cada herida, en cada arañazo que Diego dejó, todo ello con la esperanza de que penetrasen y cicatrizasen su corazón podrido de amar a destiempo y desquite. Pero así, ni se ama, ni se sana, ni se vive libre. Tal vez debiera querer como un gato, pero ese poema es de clara inspiración de Cortázar y no encaja en los amores de Frida.

“… Si porque te quiero, quieres, llorona
Quieres que te quiera más
Si ya te he dado la vida, llorona
¿Qué más quieres? ¿Quieres más?”

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