Dieciocho años. Aunque, si hacemos cuentas, podrían haber sido algunos más, porque entre pandemias, aplazamientos y situaciones que todos conocemos, el TAJUÑA ROCK ha tenido que sortear más de una tormenta. Pero este año tocaba celebrar la mayoría de edad de uno de los festivales más queridos y veteranos del sureste de Madrid.
Y lo hacía con un cartel variado, de esos capaces de reunir a públicos muy diferentes bajo un mismo techo, o mejor dicho, bajo el cielo de la Plaza Mayor. Además, esta edición incorporaba novedades, como la Zona TAJUÑA ROCK, donde podíamos encontrar comida, bebida, merchandising de las bandas, artesanía, vinilos y todo tipo de complementos relacionados con nuestra querida cultura musical.
Pero vamos a lo verdaderamente importante: lo que ocurrió sobre el escenario.
Un escenario que, por cierto, presentaba importantes mejoras tanto en sonido como en iluminación. Y sí, también hubo humo… aunque en cantidades bastante más discretas de lo que algunos fotógrafos lo agradecimos.
Unos problemas técnicos obligaron a retrasar el comienzo aproximadamente una hora, pero finalmente todo quedó listo. El escenario se iluminó y arrancó una nueva edición del TAJUÑA ROCK.










