“El ángel caído” – Alexandre Cabanel

En alguna ocasión he mencionado que la finalidad del Arte es emocionar y transmitir ideas. En ocasiones, ilustrar a través de los sentidos. Sin embargo, hay determinadas obras que aportan un “plus”, aquellas respecto de las que situarte frente a ellas supone asomarse al abismo psicológico del ser humano. El Ángel caído de Alexandre Cabanel es un claro ejemplo de ello, Cabanel supo plasmar en la mirada de Lucifer, sentimientos de ira, vergüenza y orgullo.

Devorando con la mirada tan majestuosa obra es cuando vienen a mi mente retazos de canciones, letras que rompen en mí como las olas del mar embravecido en la tormenta, comienzo a asimilar con claridad aquellas estrofas de la canción El ángel caído del grupo AVALANCH:

“El infierno
Sé que no es mi sitio
Y el cielo está
Lejos de mi ideal
De mi ideal

El hombre es libre
Es el elegido
Simple mortal
Que vive en libertad

Nace y muere
Elige su camino
Y en cambio yo
Sufro la eternidad

Mi lealtad
A prueba está
Por culpa de un mortal
Como yo
Hay muchos más
Con sed de libertad…”

¿Entendéis todo el constructo psicológico que abarca este óleo? Cabanel inmortalizó en su obra el capítulo duodécimo del Apocalipsis, en el cual se describe una gran batalla en los cielos en la que un ejército de ángeles rebeldes fue derrotado por el arcángel San Miguel y sus ángeles. El ángel caído fue condenado a vivir en la tierra.

Obviamente, algo más tuvo que acontecer para que el amado Lucifer (el ojito derecho de Dios) acabase como una vieja gloria del rock a la que se le agotan los días de vinos y rosas. Cuentan los “mentideros del Paraíso” que Lucifer era un ángel muy hermoso el cual, por soberbia se rebeló contra Dios, queriendo ser como Él, y fue denigrado como castigo, junto con el ejército de ángeles rebeldes que arrastró consigo, siendo desde ese momento reconocido como un ángel caído; “Lo determinante fue…la sangre del cordero. Con su sacrificio en la cruz y su ascenso, cuando fue arrebatado para Dios y su trono, Cristo hizo que el diablo y sus ángeles perdieran toda posibilidad de llegar al cielo ante la presencia del Señor” (Ap. 11:8).

Alexandre Cabanel halló la inspiración para crear su cuadro en el poema épico de John Milton, El paraíso perdido (1667), en donde se nos presenta a los ángeles caídos el día de la batalla con el Arcángel San Miguel: Moloch, Belial, Mulciber, Mammon y Beelzebub; y una de sus citas más conocidas; “Mejor reinar en el infierno que servir en el cielo”.

Dicho relato no es sino una metáfora del bien y el mal y como la bondad, los sentimientos puros triunfan sobre la soberbia, la ira, la envidia y demás pecadillos (vale, algunos capitales). Pero La Contadora no es de quedarse con la superficie de ciertos relatos “naif” y no puedo evitar sentirme arrollada por la inmensidad de sentimientos que trasmite tan apolíneo Lucifer, no obviemos que Alexandre Cabanel retrata el instante justo en el que Lucifer transmuta y encarna la personificación del mal (Julio Iglesias cantaba aquella frase: “de niña a mujer” pues en este caso hablamos “de Lucifer a Satán”).

Podemos intuir en la obra de Cabanel una fuerte pulsión por mostrar la belleza del ángel caído y lo consigue a través de un minucioso estudio anatómico (anatómicamente nos presenta una musculatura definida, marcada, en tensión) y la espectacularidad del color, al modo manierista. Con ambos brazos levantados y los dedos entrelazados, logra ocultar la expresión facial y emocional, que queda descubierta en la mirada llena de odio, resentimiento y vergüenza junto a una lágrima a punto de caer. Concretamente, la representación de la ira reprimida, el latente sentimiento de erigirse defraudado, esa mezcolanza de orgullo y vergüenza y el hecho de inmortalizar a Lucifer de forma tan humana en el estado puro de la maldad, es lo que hizo que esta obra sorprendiera a los jueces que presenciaron la obra en Roma al momento de su presentación al público en 1847.

Al fondo en el firmamento, se visualizan varios ángeles cantando y bailando a forma de celebración y en un ambiente de paz por el triunfo del bien; la mirada enrojecida y firme plantean una serie de preguntas al espectador: ¿Es humillación lo que siente Lucifer? ¿odio hacia Dios? o simplemente una profunda tristeza por haber sido expulsado y separado de la mano derecha del Señor.

¡Cómo has caído de los cielos,

Lucero, ¡hijo de la Aurora!

¡Has sido abatido a la tierra,

dominador de naciones!

Tú dijiste en tu corazón:

Al cielo subiré, por encima de las

estrellas de Dios, alzaré mi trono

y me sentaré en el monte de la

Reunión en el extremo Norte.

Subiré a las alturas del nublado,

y seré como el altísimo.

(Is. 14,12:14)

Cabanel se deleitó a la hora de inmortalizar a Lucifer. Se puede observar con gran rapidez cada uno de los detalles plasmados, cada hebra del cabello, la delicadeza de las alas, la perfección y naturalidad de la lágrima translúcida que brota de sus ojos, pero a todas luces, nuevamente es lo intangible lo que eleva a los cánones de la perfección una obra: el sentimiento desgarrado que desborda esa mirada es excepcional.

El óleo discurre por la espina dorsal del espectador erizando la piel, le traslada todo un mundo de frustración, de pérdida y orfandad de referentes. Como cantaban WARCRY en la canción El anticristo:

“Me expulsaron de los cielos, la batalla se perdió.

Fui condenado al infierno por su inmensa compasión.

Y, aunque hijo de él, yo sé que he nacido libre.

Libre para elegir cuál es mi decisión.

Tenga o no la razón, me es indiferente:

el camino a seguir tan solo lo marco yo”.

Efectivamente, el cuadro es una clara representación del momento en que se expulsó a Lucifer del Paraíso, ángel que se convertiría en el primer apóstata por medio de la ruptura y la renuncia. Aunque fuese un ejemplo de la belleza y la inteligencia en un principio, después se convirtió en la personificación de un ser a quien su soberbia le hizo perder su lugar en los cielos.

Hoy en día le conocemos por Satán, pero en un pasado era un sello de una obra maestra, repleto de sabiduría y una belleza sin igual, hasta que lamentablemente se llenó su interior de ira, violencia y pecado. Su castigo será por siempre el ser un objeto de espanto precipitado en la Tierra, muy lejos de donde perteneció.

Y todo esto me hace reflexionar ¿acaso los sentimientos de la humanidad no se asemejan más a los del malogrado Lucifer? Siendo sinceros, los seres humanos caemos una y otra vez en los vicios, las imperfecciones, los pecados que caracterizan a toda la corte del Averno ¿no será Lucifer una metáfora de nuestra naturaleza errática? ¿acaso no vivimos en una eterna lucha interior que pugna entre el bien y el mal? Personalmente, me veo reflejada en esa mirada de furia latente, más que en los saltos danzantes de los ángeles que sobrevuelan en su cabeza, no sé, humana e imperfecta que es una.

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