La contadora de imágenes especial Halloween: El Gore en el arte

En el ambiente enrarecido de estos días se percibe la llegada de la llegada de Halloween o como yo prefiero llamarla, Samhain. Entenderlo darlings, no es porque yo sea extravagante, que también, sino porque Samhain​ es la festividad de origen celta más importante del período pagano en Europa (hasta su cristianización), en la que la noche del 31 de octubre al 1 de noviembre servía como celebración del final de la temporada de cosechas comenzaba con la estación oscura. Vamos, lo que viene siendo una fiesta de transición.

Os cuento todo esto porque es la época en la que los amantes del terror sentimos verdadero placer al sentarnos a oscuras y rememorar películas como la saga de Halloween o la Matanza de Texas, si queridos, esas en las que una rubia de sugerente senos y minúscula camiseta de tirantes blancos corre despavorida por el bosque y no encuentra lugar más seguro que un sótano sin luz, mugriento y hediento, donde todos sabemos que será “loncheada” y sentiremos el placer de dejar de escuchar esa voz tan irritantemente chillona.

Pues os contaré que no hay nada nuevo bajo el sol y en el mundo del arte ya venimos desde hace siglos cabalgando por pequeñas escenas de casquería fina, algún que otra escena “gore” y disfrutando entre las tinieblas de colecciones privadas de la perversión sadomasoquista bañada en el suave aroma a óxido que desprende la sangre caliente. En esta ocasión os llevo de la mano para adentrarnos entre anatomías desmembradas, filicidios y decapitaciones. Pegad un buen sorbo a vuestra absenta si sois de estómago delicado.

Un momento Contadora, todo lo anterior está muy bien pero para entonarnos con la absenta nada mejor que buena música ¿no? cierto, un momento que sintonice mi vieja radio que no por vetusta deja de sonar buena música y… oh si, aquí suena Morrissey con su Jack The Ripper:

And I know a place
Where no one is likely to pass
Oh, you don’t care if it’s late
And you don’t care if you’re lost
And oh, you look so tired
(But tonight you presume too much)
Too much, too much
And if it’s the last
Thing I ever do
I’m gonna get you..”
Piezas anatómicas, 1818-20. Théodore Géricault

En este óleo sobre lienzo os muestro un bodegón de lo más oscuro, lo conforman una selección de miembros seccionados de un ser humano. Ocupan la totalidad del lienzo, no hay nada que arrope tan dantesca escena, ningún otro punto donde la mirada encuentre salvaguarda, forzosamente presencias la escena.

La oscuridad, esa teatralizada luz mortecina que ilumina la imagen y el brusco primer plano, elimina cualquier sentimentalismo, el ser humano que alguna vez fue queda reducido a simples trozos de carne putrefacta.

El impactante realismo de las “piezas humanas” se debe a que Théodore,  recibía por encargo restos humanos desde la morgue para poder pintarlos. Ah, las morgues y su extraña relación con pintores y médicos, esa retroalimentación en tiempos pasados en pos del conocimiento y el autoaprendizaje.

Jean Louis Théodore Géricault pintaba del natural sin bosquejos previos, sirviendo de modelos moribundos, ancianos o enfermos mentales. A propósito de estos últimos realizó una serie de diez cuadros de los que tan solo cinco han llegado a nuestros días, como Retrato de mujer loca y El cleptómano. El fuerte impacto que causó en la crítica y la sociedad, le granjeó numerosos detractores, pues en la época los enfermos mentales eran considerados no humanos.

Ahora no es el momento, pero algún día os contaré la extraña visita que realizó La Contadora a la sala de autopsias de los juzgados con carácter previo a su inauguración junto a su madrina profesional y como ese extraño aroma y la luz blanca artificial  impregna toda la sala de una espeluznante asepsia.

Al contrario de lo que se pueda pensar, nuestro cuadro tiene otro objetivo que reflejar el pesimismo de la Francia postrevolucionaria.

Pero nos queda un largo recorrido, por favor seguidme. Tened cuidado con el suelo, está resbaladizo, parece ser que alguien ha derramado un líquido macilento (cualquiera diría que se asemeja a la bilis, cosas mías).

Saturno devorando a su hijo, 1820-1823. Francisco de Goya

Bueno, percibo que alguien debe acudir a terapia por ciertos problemas filiales, darlings.

Esta obra de Goya efectuada mediante la técnica de óleo sobre revoco trasladado a lienzo y que pertenece al Romanticismo, formó parte de la decoración de los muros de la casa que Francisco de Goya adquirió en 1819, llamada la Quinta del Sordo. Pertenece a la serie de las Pinturas negras de dicho artista.

Representa al titán Crono (Saturno en la mitología romana) en el acto de devorar a uno de sus hijos. La figura era emblema alegórico del paso del tiempo, pues Crono se comía a los hijos recién nacidos de Rea, su mujer, por temor a ser destronado por uno de ellos. Darling, tienes que trabajar más ese amor filial.

Goya consigue de forma soberbia captar la terrible expresión depravada y cegada por la ira de Saturno nos sitúa frente al horror caníbal mediante las fauces abiertas, los ojos en blanco (personalmente este detalle lo desliga de la naturaleza humana situándole ante el lado salvaje de los instintos básicos), el gigante envejecido casi cadavérico y la masa deforme del cuerpo sanguinolento del hijo.

El hijo semi devorado, con un cuerpo ya adulto, ocupa la posición central de la composición. Al igual que en la pintura de Judit y Holofernes (otra pintura mural que decoraba la estancia) uno de los temas centrales es el del cuerpo humano mutilado. Lo lleva a cabo mediante el encuadre escogido y la iluminación de claroscuro que infunde angustia y desazón, las piernas del dios, sumidas a partir de la rodilla en la negrura, en un abismo de sentimientos y razón.

Emplea una gama de blancos y negros, aplicada en manchas de color gruesas, solo rota por el ocre de las carnaciones y la leve tenue luz en blanco y rojo de la carne viva del hijo.

Otro autor que reprodujo esta temática fue Rubens en 1636 para la Torre de la Parada del Palacio del Pardo de Madrid, aunque ciertamente el cuadro de Rubens en comparación con Goya pierde crueldad y violencia. Es como si Rubens saborease un plato con delicados cubiertos, vajilla de porcelana y mantel de fino hilo y Goya lo comiera con las manos embadurnadas de grasa sobre una mesa mugrienta a la que acuden moscas en busca de alimento.

Perdón, a veces la violencia tiene una capacidad hipnótica y atrayente que te envuelve en una extraña atmósfera y quedo perpleja, sigamos al siguiente cuadro. Ruego que excuséis este desorden, últimamente no me caben las cabezas decapitadas en el frigorífico y las suelo empalar para su momificación.

Judith decapitando a Holofernes, 1620/21. Artemisia Gentileschi

Pasemos a nuestro siguiente óleo sobre lienzo pintado por una mujer (¡oh my God!, había mujeres pintoras) y  pertenece al barroco.

La temática de Judit decapitando a Holofernes es uno de los episodios del Antiguo Testamento que con más frecuencia se ha representado en la historia del arte (personalmente soy fan de la Judith de Gustav Klimt que reprodujo en 1901 cuya sensualidad y erotismo casa a la perfección con el papel de femme fatal asignado a nuestra protagonista femenina).

Sin embargo, tuvo que llegar una fémina para que a excepción de la Judit y Holofernes de Caravaggio se lograse representar una escena tan cruda y dramática como la que pinta en esta tela Artemisia Gentileschi.

La historia es conocida, Judith, una bella viuda judía de la que está prendado Holofernes, el general asirio que está a punto de destruir la ciudad de Betulia, entra con él en su tienda y, aprovechándose de que ha quedado inconsciente por haber bebido en exceso, le decapita con su propia espada y huye llevándose la cabeza en una alforja. En las representaciones artísticas suele aparecer la figura de una vieja criada ayudando a Judith.

El acto de la decapitación ocupa el centro de la escena. La composición es de tipo triangular, y para ello ha sido preciso ubicar dentro de la tienda a la doncella, que en principio según la historia tradicional estaban solos Judith y Holofernes. Os ruego que deslicéis vuestra mirada al ropaje que cubre las partes pudendas de Holofernes, fijaos como consigue el efecto aterciopelado y el color burdeos (tono sangre) de la tela es de una elegancia suntuosa. Sinceramente, de este cuadro no solo me atrae la temática de mujer fuerte y empoderada que salva a su pueblo con sus dotes e inteligencia, realmente el uso del color es, perdón, orgásmico. La artista llega al sumun de la belleza y elegancia con su combinación de azules y ocres regios. Las sombras danzan por toda la composición casi “haciendo el amor” a los tonos pálidos de la piel de las protagonistas, creando una atmosfera violenta y sensual en el acto de la decapitación.

La utilización de la figura de la criada es un útil recurso iconográfico para distinguir el tema de otro similar: el de Salomé con la cabeza del Bautista, en el que la mujer (perversa en ese caso, no como Judith que se le representa como una heroína bíblica) debe aparecer sola, o ante el rey Herodes; además en ese caso la cabeza del Bautista se exhibe en una bandeja plateada.

Vaya, el tiempo vuela cuando se habla de los más bajos instintos queridos, por hoy debo dejaros, espero que vuestra visita haya resultado agradable y regresemos a casa todos los que llegamos. Recordad, sed malos, es mucho más divertido.

“Crash into my arms
I want you
You don’t agree
But you don’t refuse
I know you
Oh… “
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