La Venus del espejo – Diego Velázquez

Siempre he pensado que la sensualidad y el erotismo provienen de la mirada y no del contexto o la imagen en sí. Hay quienes no conciben la sensualidad si no observan un desnudo frontal y otros, en cambio, sabrán apreciar toda la carga erógena que desprende una espalda desnuda, las sensaciones que puede generar el recorrido pausado de la columna vertebral se encuentran al mismo nivel que la erogenización de los pezones.

Lo anterior me evoca al famoso cuadro de Velázquez; La Venus del espejo, desconocemos con certeza cuando se pintó, algunos expertos apuntan que fue con anterioridad a su segundo viaje a Italia (1649-1651), pero la preparación de la obra no da pistas sobre ello; a su regreso a España el artista no trabajó para nadie que no fuera el rey, y esta obra no está hecha para él.

Si os llama poderosamente la atención y no podéis resistiros a vivir su sensualidad de cerca, os toca viajar pues se conserva en la National Gallery de Londres.

Os hablo de una obra con un gran potencial innovador en toda la temática de “Venus”. Visualicémoslo, una mujer desnuda echada de espaldas con sus nalgas en un primer plano. El rostro de la misma solo lo intuimos por el espejo donde se refleja y ello porque lo vemos pretendidamente borroso (forma parte de esos “juegos” a los que nos tiene Velázquez acostumbrados de forma tan magistral. Si, señores, os aseguro que Velázquez está en mi lista de personajes con los que me hubiera gustado haber ido de fiesta y conocerlo más a fondo) hay quien cree que debería haber reflejado la belleza de la mujer, pero el artista sevillano no buscó crear el prototipo de las Venus venecianas idealizadas.

Cuando en 1647 Velázquez recibe el encargo de la corte española de realizar una venus desnuda, nos encontramos en pleno apogeo de la Inquisición (y no eran muy amigos de la libertad de expresión, ni de la libertad, ni del desnudo, mucho menos del erotismo. Vamos, eran unos amargados soporíferos con urgente necesidad de pasar por un diván y psicoanalizarse) y para la Iglesia, la desnudez frontal está duramente castigada al ser un pecado mortal la lascivia y la lujuria (detalles menores para Velázquez). Pero, el gran pintor tiene una de sus ideas soberbias: el desnudo será de espaldas.

Llegados a este punto, subo el volumen de The Mirror con los acordes de DREAN THEATER y me pregunto, ¿qué bebían en la época? ¿Hidromiel? por favor mesero, dos copas de mi parte para el pintor de bigote elegante:

“Temptation–
Why won’t you leave me alone?
Lurking every corner, everywhere I go
Self control–
Don’t turn your back on me now
When I need you the most
Constant pressure tests my will
My will or my won’t
My self control escapes from me still…”

Así, mientras nosotros contemplamos esa elegante espalda que finaliza en un espléndido trasero redondeado, la diosa del amor nos observa gracias al espejo que sostiene su hijo, Cupido. El mini dios del deseo (ojo como cobra fuerza el simbolismo de la composición adquiriendo rasgos erotizantes) acaba de retirarse de los ojos el lazo rosa que ahora le ata las manos. Las cintas que lleva Cupido no son necesarias, porque el espejo no está colgado de ellas, pero su sentido es simbólico, ata las muñecas del niño alado, de modo que el amor queda atado por Venus, que simboliza la belleza. Esta obra introduce un pensamiento radical para la cultura de la época: el amor es vencido por la belleza, la belleza puede con el amor.

Este juego de reflejos, cruce de miradas y zonas que se insinúan, pero no son desveladas consiguió satisfacer el voyerismo de los inquisidores (lo que hubiesen disfrutado de ciertos establecimientos con mucha calderilla).

La composición de la obra, se estructura en fragmentos horizontales compensados por la posición vertical de Cupido, el espejo y los cortinajes rojizos (símbolo de erotismo) el tono bermejo de la obra se hace necesario, sin él la pintura sería otra, dados los colores fríos de la sábana, el paño y el cuerpo. Cupido queda a un lado y la cabeza de Venus a otro, y el cuerpo de la Venus es de trazo seguro; en él se refleja el paño, y al revés. Junto al cuerpo, al fondo, hay un fragmento de paño más transparente, y la sábana blanca se esparce contrastando con los blancos más finos y tangibles del primer plano. El cabello es un borrón de pintura, pero intuye una cabeza de admirable belleza.

Desde la antigüedad la representación de Venus estaba muy estereotipada y encasillada en un ideal: siempre desnuda y emergiendo de las aguas. Según el mito de su concepción Venus nace como fruto de la caída de una gota de esperma al amar (siempre protección que luego nos salen dioses, señores). Venus entonces, aparece llevada a la orilla sobre una concha, la cual desde entonces es símbolo de la vulva. En todas las pinturas se sigue el mismo patrón; Venus sale de las aguas y nosotros nos asombramos ante tal belleza.

Por lo que respecta a las estatuas (en la antigüedad) la representación más habitual de Venus es la de aquella diosa púdica con el cuerpo hacia un lado y la cabeza hacia el otro, una mano para sujetar algo que le permita taparse y la otra ocultando el objeto de deseo como si de un baile erótico previo al sexo se tratase. En ocasiones se le representa de pie y en otras, en cuclillas, siempre se le ve todo su esplendor excepto su sexo. Ello justifica el calificativo de púdica.

No obstante, es en el Renacimiento cuando Venus deja de bañarse (no es bueno pasar tantas horas sumergida en el agua, querida) y se opta por una pose más lánguida que no menos sensual, por ejemplo, pensemos en otro gran amigo nuestro Tiziano hace uso del erotismo puramente lascivo, en su obra ningún elemento conseguirá despistar la mirada de la mano izquierda de Venus que la mantiene sobre la vulva, dado a entender que su pose relajada se debe al final de la masturbación.

Regresando a Velázquez y nuestra Venus del espejo, puede parecernos difícil que Velázquez pudiera pintar una Venus tan realista sin modelos, pero no las conocemos. Velázquez representó la figura mitológica con absoluto realismo, si no fuera por la presencia de Cupido, podríamos decir que es una mujer corriente tumbada. No obstante, escuché hace poco la teoría de que dicha Venus recuerda a una escultura antigua, hoy sita en el museo de Louvre y que el mismo artista pudo admirar en un viaje a Roma, en concreto la denominada “Hermafrodita durmiente”, dicha escultura se encuentra recostada sobre un lecho acolchado que añadió Bernini en el S. XVII. Si la observas desde atrás podemos ver como espalda y trasero casan a la perfección con la venus de Velázquez, cambiando la perspectiva nos daremos cuenta de que se trata de un ser hermafrodita, mezcla lo mejor de ambos sexos (un festival para los sentidos).

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