Madame X – John Singer Sargent

“Era tal la sensualidad que desprendía aquella mujer que cuando entraba al salón todos soñaban con los lunares que cubría la aterciopelada oscuridad de aquel vestido, los más osados imaginaron los surcos que dejaba la presión de sus dedos en su piel blanquecina.” (La Contadora de Imágenes).

Andaba mi mente divagando sobre la complejidad de la mirada en el ser humano. En como en ocasiones, una obra guarda en sí misma una sensación que atraviesa los años y los contextos históricos y sociopolíticos. Es el caso de la obra de John Singer Sargent,  Madame X, cuadro polémico en 1884 cuando fue presentado en el Salón de París que no solo ha inspirado a grandes firmas de moda, sino que hoy día sigue provocando ese revuelo de sensaciones que solo puede generar la sensualidad.

Madame X Retrato de Madame X, así se bautizó al cuadro de un retrato del pintor angloestadounidense John Singer Sargent de Virginie Amélie Avegno Gautreau. Dama de las altas esferas parisinas de la época estadounidense nacida en Luisiana, y esposa del banquero francés Pierre Gautreau.

El pintor, un genio en el dibujo y el uso del color, con gran influencia de Velázquez y de estilo afrancesado, creó una sensual representación de Madame Gautreau (por iniciativa propia) posando con ostentación luciendo un ceñido vestido negro de raso con tirantes incrustados de piedras preciosas. Lo primero que llama la atención del retrato es el tono pálido de la piel de la mujer (gran aliciente erótico tal), que contrasta con el color negro aterciopelado del vestido y del plano posterior.

La modelo era famosa en la alta sociedad por un mal endémico y consustancial al ser humano; las habladurías sobre sus numerosas infidelidades y la envidia que generaba la belleza del contraste de su melena rojiza y su tez pálida. Sabedora de su apariencia atrayente, vestía sofisticadamente y marcaba la diferencia al empolvarse y teñirse el cabello en un tiempo en que maquillajes y tintes estaban reservados para “mujeres de poca honra”. Su carismática belleza fascinaba a los artistas, de hecho, el pintor estadounidense Edward Simmons afirmó que “no podía dejar de acosarla como uno hace con un ciervo”. Sargent no fue menos y cayó rendido al ronroneo de sus virtudes. Pensó que un retrato de Gautreau en el próximo Salón no solo atraería toda la atención y le reportaría los consecuentes encargos, sino que daría vida a la sensual belleza que danzaba por su cabeza, así le lo contó a un amigo: “Tengo un gran deseo de pintar su retrato y tengo razones para pensar que ella lo permitiría y está esperando que alguien le proponga este homenaje a su belleza. Si usted está bien con ella y la verá en París, podría decirle que soy un hombre de prodigioso talento.”

O como decían los Maneskin en su I Wanna Be Your Slave:

“I wanna be your slave
I wanna be your master
I wanna make your heart beat
Run like rollercoasters
I wanna be a good boy
I wanna be a gangster
‘Cause you can be the beauty
And I could be the monster

I love you since this morning
Not just for aesthetic
I wanna touch your body
So fucking electric
I know you scared of me
You said that I’m too eccentric
I’m crying all my tears
And that’s fucking pathetic”

No seré yo la que explique el sentimiento que suscitó nuestro autor en Madame Gautreau, pero lo cierto es que ésta aunque había rechazado numerosas solicitudes similares de otros muchos artistas, aceptó la oferta de Sargent en febrero de 1883. Realmente hubo pocos progresos en el invierno de 1883, porque Gautreau como buena dama de la alta sociedad era más dada a diversiones varias que a posar, es más a su petición, Sargent se trasladó a su propiedad en Bretaña en junio, donde comenzó una serie de bocetos preparatorios a lápiz, acuarela y óleo. Alrededor de treinta dibujos fueron el resultado, probando numerosas poses. Sargent, por su parte se lamentaba de “la belleza sin pintar y la pereza sin esperanza de Madame Gautreau” (aquí había tema).

Como en otras ocasiones, Sargent eligió un formato grande para asegurar ser bien visible en el atestado Salón. La postura final, con la mujer de pie, la cabeza girada, un brazo extendido para apoyarse con la mano sobre una mesa baja, tensiona brazo y cuello enfatizando la elegante silueta de la dama. Para plasmar la palidez artificial de Gautreau, mezcló blanco plomo, fucsia, bermellón, viridián y negro hueso. El negro aterciopelado del escotado vestido sin mangas contrasta con la palidez, más erótica en este caso que aristocrática de la dama. La postura y perfil reflejan cierta altivez, la mesa que le sirve de apoyo realza esa postura y sus sinuosas curvas donde ocultar deseos inconfesables. En un inicio la pintó con el tirante derecho totalmente caído (oh la la, trop sexuel) ese tirante caído fue considerado escandalosamente sugerente. La palidez, esa cintura ceñida, el perfil soberbio insinúan un erotismo aristocrático “bajo un control profesional”, en lugar de ofrecerse sin más al espectador. Una vez más, las referencias clásicas nos influyen de forma sutil: unas sirenas adornan el pie de la mesa y una tiara en forma de luna creciente, símbolo de la diosa Diana, corona su cabello. Su cabello castaño-rojizo está peinado con un moño alto, muy similar a los peinados de la Grecia antigua, y como único adorno sobresale una pequeña tiara de diamantes con forma de medialuna, esto último no fue una invención del pintor, sino una petición de la misma Gautreau.

Mención aparte merece el atuendo en cuestión. El modelo, creado en exclusiva para la dama, es un vestido de noche negro compuesto por un corpiño de terciopelo, con un pronunciado escote en forma de corazón que finaliza en punta y con falda larga de satén, con poco polisón en la parte baja de la espalda y finalizado en cola. Como calzado, usa unos zapatos de tacón bajo. El único complemento que utiliza, para realzar el elegante e impresionante vestido, es la pareja de tirantes enjoyados que se adhieren a las puntas del escote. Grandes marcas como Rochas o Dior han creado sus modelos de vestido negro de escote corazón, partiendo del modelo de Madame X, y revistas como Vogue o Harpers Bazaar han realizado espléndidos reportajes fotográficos, recreando la estética de la pintura.

A pesar del entusiasmo de Sargent, la mala recepción de crítica y público fue una decepción. Gautreau se vio humillada por el asunto y Sargent pronto abandonaría París para residir en Londres de forma permanente.

Sargent mantuvo el cuadro colgado en su estudio de París y luego en el de Londres. A partir de 1905, lo exhibió en varias exposiciones internacionales. En 1916, después de la muerte de Gautreau, Sargent lo vendió al Museo Metropolitano de Arte de Nueva York y escribió a su director: “Supongo que es lo mejor que he hecho.” A modo de victoria poética, una segunda versión, sin terminar, con el tirante en su forma original, se conserva en la Tate Gallery, en Londres.

“Querido amigo, su blanca piel sigue danzando en mi memoria, imagino los surcos que reflejan la presión de las yemas de mis dedos en su cintura. No dejo de acariciar aquel cuello de cisne. Vivo inmerso en un cuadro que creé como morada para los dos. Pero ella nunca vuelve la mirada, sigue erguida manteniendo la rigidez de ese tirante derecho que mi mente baja una y otra vez” (La Contadora de Imágenes)

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