San Sebastián – La sutileza del homoerotismo en la obra de Perugino

Hace semanas, cuando os hablé del episodio de Hércules con su dominatrix no puede evitar pensar si en más obras clásicas se habría tratado la temática BDMS (Bondage; Disciplina y Dominación; Sumisión y Sadismo; y Masoquismo). Si bien al realizar una visual de la obra a tratar pensareis que estoy desvariando, lo cierto es que sí pero en esta ocasión lo haré de una forma suave. Para ello hemos de volver la mirada a la vida y obras de todos los santos, obras que tenía un importante lugar en la tradición católica, sobre todo en lo referente al relato de sus torturas.

Lo que os propongo es un viaje al lado más salvaje de la sexualidad de la mano de Perugino y como telón de fondo el cover que SEPULTURA hizo de Tainted Love:

“Sometimes I feel I’ve got to run away

I’ve got to get away

From the pain that you drive Into the heart of me

The love we share

Seems to go nowhere

I’ve lost my lights

I toss and turn

I can’t sleep at night…”

En 1495, Perugino pintó su San Sebastián, hoy custodiado en el museo del Louvre. Fue en pleno Quattrocento, el apogeo del renacimiento. Son los tiempos del “dream team”: Miguel Ángel, Leonardo, Rafael y todo ese grupo de maestros que se cruzan en palacios de grandes ciudades italianas.

Perugino rompe con la Edad Media desarrollando una nueva forma de pintar. Anatomías perfectas, sombras proyectadas, uso de arquitecturas antiguas y apertura a un paisaje que se difumina poco a poco en el desenfoque azulado de una perspectiva cromática. Lo que Perugino reflejando en su cuadro es lo que su tiempo se denominó la “maniera moderna”, el estilo moderno, donde Perugino fue un pionero. Esto es, una pureza formal, un contraste lumínico en el que el personaje principal se percibe con claridad y hasta cierta difuminación del color, que no es otra cosa que el sfumato leonardesco.

Centrándonos en el personaje que da nombre a la obra, San Sebastián vivió en el S. III siendo oficial de la Guardia Romana, pero de fe cristiana y aprovecha para ayudar a sus correligionarios. Por ello lo condenan a muerte por fusilamiento sagital (lanzándole saetas) pero protegido por el amor divino sobrevive a éste primer suplicio. Entonces, el emperador manda matarlo con un garrote y despojarse de su cuerpo.

El culto a San Sebastián se desarrolló en S.XIV, cuando se produjeron las primeras epidemias de peste. Desvalidos ante una muerte segura, los enfermos se encomendaban a los santos como Sebastián. Pero el peligro de la epidemia de peste se aleja a finales del SXV y las representaciones de nuestro santo reflejan otra cosa: la nueva sensibilidad de los pintores por la belleza masculina.

Inspirado en la imagen de los efebos antiguos (la idealización de su figura, algo que, por otra parte, se corresponde con la época en que se hace), el oficial romano es representado cada vez más joven, delicado, sin armadura. Mirad esa cadera lasciva que apenas sujeta el paño anudado, cuyo extremo rojo pende entre sus piernas.

El cuerpo se representa a la vez forzado y expuesto fomentando la irrelevancia de los signos de su martirio. Siendo como es la imagen de un santo martirizado cruelmente a base de flechas, sorprende la ausencia de señales de violencia.

Está provisto de una sutil aureola mirando a los cielos, deleitándose con su fe reforzada por el mismo dolor. De su pasado protector contra la epidemia conserva la ubicación de las flechas que se sitúan donde aparecían los bubones de la enfermedad. La flecha que atraviesa el corazón ejemplifica el mismo abandono místico que vemos 150 años después en la cara extasiada de Santa Teresa, esculpida por Bernini en Sta. María della Vittoria. La visión nocturna relatada por la monja se hace carne, se materializa en el ángel prepúber que se dispone atravesarla con su flecha ardiente.

Tanto en Santa Teresa como en San Sebastián el arma es un signo fálico que sugiere tanto la ejecución como  el efecto del arco tensado de un pícaro Cupido.

Respecto de nuestro artista se le ha criticado mucho el excesivo empalagamiento que transmite y lo repetitivo de sus figuras. Vasari, artista y tratadista de su época, lo trató por eso con escasa consideración, en gran medida porque lo comparó con los grandes del Cinquecento y en especial con Miguel Ángel.

Aun con eso, Perugino es considerado como uno de los artistas de tránsito del Quattrocento al Cinquecento. Fue uno de los maestros de Rafael, que recogió de él aspectos identificables. No se entendería, así, el famoso cuadro Los desposorios de la Virgen si no acudiéramos al fresco Jesús entregando las llaves a san Pedro, conservado en las estancias de la Capilla Sixtina de Roma.

Lo cierto es que observando nuestra obra, ésta nos sugiere multitud de sensaciones, pero la que late con una fuerza voraz que atraviesa la obra es la de una tortura gozosa al más puro estilo del amor en su vertiente más intensa, y quien lo probó, lo sabe.

“… Once I ran to you -I ran-

Now I’ll run from you

This tainted love you’ve given

I give you all a boy could give you

Take my tears and that’s not nearly all

Tainted love

Tainted love”

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