“The Unknown Land” – Edmund Blair Leighton

“Pude ver mi último hálito de vida zarpar en aquella barcaza que navegaba mansa y pesada como la propia parca.

En tierra queda mi cuerpo arrodillado envidiando al tuyo hijo mío. Tú no cargas con esta pesada losa de despertar día tras día implorando sea el último, deseando acompañarte en esa eternidad cuya puerta abres con tan solo dos monedas. ¿Quién compra mi pena?”

La Contadora de imágenes

Para seros sincera, desde el año 2014 no soy capaz de ver películas, leer un libro o contemplar un cuadro donde un menor fallezca o sufra. Ciertamente, en condiciones no patológicas, el ser humano es doliente ante el sufrimiento infantil. Cuando te conviertes en padre o madre ese sufrimiento se arraiga en los huesos.

Dicho la anterior, no he podido evitar parame en este cuadro de Edmund Blair y quiero hablaros de él con toda la delicadeza y amor con la que su autor ha sabido impregnarlo porque a pesar del demoledor tema que trata, yo no puedo ver mas que belleza en ese abrazo del ángel custodio a modo de consuelo para esa madre destrozada que yace en tierra de la pena.

Como le cantó Robert Plant a su hijo Karac (fallecido con 5 años de infección estomacal) en su All my love, la cual se convirtió en el último gran clásico de LED ZEPPELIN:

“Should I fall out of love, my fire in the light
To chase a feather in the wind
Within the glow that weaves a cloak of delight
There moves a thread that has no end

For many hours and days that pass ever soon
The tides have caused the flame to dim
At last the arm is straight, the hand to the loom
Is this to end or just begin?

All of my love, all of my love
All of my love to you, oh

All of my love, all of my love, oh
All of my love to you

The cup is raised, the toast is made yet again
One voice is clear above the din
Proud Arianne one word, my will to sustain
For me, the cloth once more to spin, oh

All of my love, all of my love, oh
All of my love to you

All of my love, all of my love, yes
All of my love to you

Yours is the cloth, mine is the hand that sews time
His is the force that lies within
Ours is the fire, all the warmth we can find
He is a feather in the wind, oh (…)”

Tal vez no os suene el nombre de Edmund Blair Leighton, en cambio, se que ya conocéis muchas de sus obras puesto que de un tiempo hasta ahora, se han utilizado en muchos “memes” (como es el caso de la obra La investidura o el conocido “meme”: yo te nombro mi pagafantas).

Blair Leighton pertenece a esa escuela denominada hermandad prerrafaelita que tanto se regocijaba en el romanticismo. De hecho, sus obras (con cierta tendencia “ingenua” para mi gusto) son de temática histórica caracterizada por cierto hiper realismo. Representaba a menudo a hombres (generalmente posicionados en segundo plano) y mujeres nobles de rasgos griegos e idealizados, que derrochan femineidad y se encuentran insertas en paisajes o interiores medievales, incluso muchas de sus obras tienen como telón de fondo la época victoriana o de la Regencia.

En la obra The unknown land, nuestro pintor bebe de las tradiciones egipcias en origen que posteriormente fueron helenizando ¡como no! La Grecia Clásica. Os hablo de aquel mito en el que cuando un difunto abandona su cuerpo éste transita su camino hacia el “más allá” en una barcaza que surca el río de la vida.

Aquí, el autor hace una amalgama de conceptos y leyendas decidiendo “cristianizar” algunos elementos dibujando un ángel protector y a quien yo me atrevería denominar “Caronte”. Este personaje, en la mitología griega, el barquero de Hades. Su función era hacer de guía de las sombras errantes de los difuntos recientes de un lado a otro del río Aqueronte. Pero como nada es gratis, los difuntos tenían que pagar un óbolo para surcar su último viaje, razón por la que en la Antigua Grecia los cadáveres se enterraban con una moneda bajo la lengua.

Sin embargo, esta imagen tan tétrica es suavizada de forma magistral por Edmund, él deposita un bebé “dormido” en los brazos de un ángel que lo porta con sumo amor y dulzura como tan sólo sus progenitores podrían hacerlo. De hecho, si observáis el rostro del ser angelical, el mismo no solo es bello sino que irradia paz. Contrasta con la solemnidad abrumadora de nuestro “Caronte” (interpretación mía) quien cabizbajo y en silencio efectúa su viaje.

La madre se sitúa de espaldas, en primer plano, está representada de luto al estilo helenístico. No podemos ver su rostro, pero la elegante tonalidad oscura con la que la pinta, casi con un estilo fotográfico (la primera vez que vi esta obra pensé que era una fotografía velada) nos trasmite el más trágico de los llantos, el dolor que sale a gritos de las entrañas. Tanto horror, este dramatismo que nos anuda la garganta sin dejar paso al aire, se torna en compasión. Las redondeces en la forma angelical, en la cabeza del niño, esa blancura radiante que contrasta con el casi aterciopelado negro del luto de la madre, la suavidad de las formas de la barca nos transmite un viaje plácido, sosegado. Atrás, en tierra queda la desesperación y el dolor, el único consuelo de su madre.

“En pleno silencio, tan sólo roto por el rumor del agua golpeando aquella barca, viaja mi pequeño. Se lleva toda mi paz y tanto amor que lo acuna que quedó dormido.

Pide allá, en esa tierra extraña por tu madre, para que pueda cerrar los ojos, que no se sequen de pena.” (La Contadora de Imágenes)

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