“Una esclava en venta” – José Jiménez Aranda

«Rosa de 18 años en venta por 800 monedas». Esta es la inscripción en griego que el pintor José Jiménez Aranda, inmortalizó colgando del cuello de una joven esclava. Recuerda tanto a aquellos acordes de METALLICA en su Creeping Death:

“Slaves, Hebrews born to serve

To the Pharaoh

Heed to his every word

Live in fear

Faith, of the unknown one

The deliverer

Wait, something must be done

Four hundred years

So let it be written, so let it be done

I’m sent here by the chosen one

So let it be written, so let it be done

To kill the first born pharaoh son

I’m creeping death…”

Ciertamente, de una simple visual de la obra de esta semana, podríais pensar que La Contadora os viene a relatar sobre las bajezas de la esclavitud y si bien el cuadro en sí, nos traslada a la escena de la venta de una esclava, en realidad quiero hablaros de una vertiente del Arte nada actual; el Arte denuncia.

La obra Una esclava en venta es un óleo sobre lienzo de  100 x 81 cm, finalizado hacia 1897 autoría del pintor sevillano José Jiménez Aranda. Fue adquirida en 1905 con destino al Museo de Arte Moderno (hoy desaparecido y unificado al Museo del Prado), donde estuvo entre 1905 y 1971. Posteriormente pudo contemplarse en el Museo Español de Arte Contemporáneo entre 1971 y 1995 y en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía entre 1995 y 2016. En la actualidad se encuentra cedida por el Museo del Prado al Museo de Málaga (Palacio de la Aduana).

Este cuadro constituye una de las obras más representativas del pintor sevillano y ello por cuanto, José Jiménez Aranda desplegó toda su maestría a la hora de representar tan bello desnudo cuando no era un recurso en absoluto habitual en él. Sin embargo, es fácil intuir el amor y dedicación que vertió en la anatomía de Rosa, se desborda del cuadro la palidez y armonía de los miembros, la tez nacarada, la precisión en el trazo que nos transmite a modo de “golpe visual y moral” la juventud de la mujer objeto de venta.  Tal vez, dicha perfección pudiera deberse a que Jiménez Aranda ingresó en 1851 en la Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría de Sevilla. Con posterioridad, en 1868 estudió en Madrid la obra reunida en el Museo del Prado, especialmente la de Goya y Velázquez. Un momento, sacad el móvil y buscad La Maja desnuda e incluso La Venus del espejo de Velázquez, vaya, ahora sí que se intuye de donde proviene tan sutil y perfecta pincelada en sus desnudos.

Perdonad, en ocasiones me evado en busca de pistas que nos ayuden a conformar el puzle mental del artista, continuo; en 1871 se trasladó a Roma, donde permanecería cuatro años y conocería a Mariano Fortuny – ¿recordáis a la joven Carmen Bastián y su pose  reclinada sobre un diván con el sexo sin cubrir?-, quien influyó notablemente en su obra pictórica.

El cuadro de esta semana reproduce a una jovencísima esclava, completamente desnuda y sentada sobre una alfombra con la cabeza inclinada en claro signo de humillación y de cuyo cuello pende el cartel que informa de sus datos y precio de venta. Llama poderosamente la atención como el autor la representa con la mirada al suelo pretendiendo mostrar vergüenza y sin embargo, es el espectador quien la sufre por dos motivos: aprecia la belleza del cuerpo desnudo de la fémina y se avergüenza de la escena que presencia. Esa es la verdadera fuerza del Arte denuncia, te noquea, impacta los sentidos de tal forma que un tsunami de vergüenza y estupor recorre la espalda del espectador hasta hacerle volver la vista a otra obra. Pero, por mucho que se continúe la visita por la exposición, la mente no puede evitar “rumiar” cómo esa escena hoy día sigue reproduciéndose a diario.

Centrémonos en el cuadro. El motivo por el que adquiere tanta relevancia el desnudo en esta obra es porque éstos son muy escasos en la obra de Jiménez Aranda, una lástima porque los domina a la perfección. La concepción del desnudo en el presente óleo se encuadra dentro de una visión plenamente naturalista del cuerpo femenino, de una definición corpórea que denota cierta vinculación con el extendido uso de la fotografía en estos años como elemento de estudio y análisis del cuerpo humano en las disciplinas artísticas, y que Jiménez Aranda interpreta aquí con una sugerente sensualidad en la postura pudorosa de la joven. Así, el artista traduce el cuerpo de la muchacha con una interpretación inmediata y palpitante de su desnudez, bajo un lenguaje absolutamente naturalista, especialmente sugerente en el tratamiento y definición de sus extremidades y, muy especialmente, en su abundante cabello, que se le derrama por los hombros a modo de velo ocultando el rostro.

Como no podía ser de otra manera en la época, nuestro pintor justifica argumentalmente este espléndido ejercicio de desnudo insertándolo en un entorno oriental; huella de las escenas de esclavas y odaliscas tan en boga en la pintura francesa gracias a maestros de la pintura orientalista como Jean-Léon Gérome (1824-1904), que tanto éxito había cosechado años atrás en el mercado internacional, en un lenguaje pictórico al que Jiménez Aranda seguiría fiel hasta su muerte.

Así, el desnudo está proyectado con una técnica absolutamente depurada y concluida, que interpreta con una sensual morbidez el rosáceo cuerpo desnudo de la niña, terso y suave en contraste con la rugosidad matérica de los colores de la alfombra.

Un elemento vital que arrastra al espectador a la escena haciéndolo partícipe del mismo es el encuadre en picado, que nos sitúa en referencia a cierta altura sobre la esclava, sugiriendo perfectamente la ilusión del punto de vista del cerco de hombres que rodean lujuriosamente a la humillada joven al pintar tan sólo sus pies, sin necesidad de ampliar más el campo escenográfico, de tal modo, se enfatiza la sensación degradante y vergonzosa de las miradas de los posibles compradores que rodean a “la venta”.

Pinceladas, trazos, color, perspectiva que “disparan” al centro de gravedad de la moralidad del espectador, crean conciencia a través de las sensaciones y realmente, este recurso, obra en manos de unos pocos privilegiados.

Cuan lejana parece la escena, con su cartel de venta en griego, su mercado en la plaza, los ropajes de épocas pretéritas, esa suntuosa y exótica alfombra en el suelo ¿verdad? Sin embargo, se me antoja cierta similitud a las escenas que a diario se reproducen en los telediarios nacionales informando sobre “golpes de efecto” contra la trata de blancas. Con sus hediondos cuartos con colchones en el suelo, armas y drogas dispersas por la habitación y mujeres en una esquina tapándose la cara no sea que la noticia sea vista en sus países de origen donde tal vez, su familia recibe cierta cantidad de dinero de cada mes.

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