Y entonces vimos la hija del minotauro – Leonora Carrington

Una vez tuve un sueño, vivía lejos de mi hogar, tenía otro aspecto e imagen. Recuerdo que a lo largo de esta experiencia onírica danzaba entre Inglaterra y Méjico (aún no sé como visualicé esos países que no he visitado de momento). Sin embargo, mantenía gran parte de los elementos que constituyen los pilares de mi personalidad. Continuaba ese vivaz interés por la magia, el ocultismo y el folklore que me alimentaban en mi infancia (aún recuerdo mi libro de cabecera que mi padre me leía todas las noches Grandes Cuentos Rusos). Sabía que caminaba en la duermevela por la gran connotación simbólica de todo lo que me rodeaba: personajes mitológicos, esferas, rituales. Pero en mi sueño no me llamaba La Contadora, mi nombre era Leonora Carrington.

Y es que darlings, la vida de Leonora Carrington bien podría ser un guion de una super producción cinematográfica. Fue pintora, escultora y escritora con una especial debilidad por la magia y el folklore.

Mujer rebelde, su mente se adelantó décadas a las grandes revoluciones feministas y acabó derribando las reglas sociales impuestas a una mujer de la primera mitad siglo XX y por mor también desafió a las grandes figuras del surrealismo con sus arraigadas ideas, talento infinito y espíritu inquebrantable. Íntima amiga de Remedios Varo y gran amor de Max Ernst, colaboradora activa del Freier Künstlerbund, movimiento subterráneo de intelectuales antifascistas, su vida estuvo a la altura de sus grandes dotes para el Arte, tal vez porque ella no veía con los ojos de la realidad, si no que había atravesado el velo onírico que nos arrastra al subconsciente al que muy pocos trascienden.

La vida de Leonora se envuelve en el fino manto mágico de la mitología, sus etapas vitales parecen tocadas por el halo del misterio, es como si en cada paso en el que ella trascendía, le acompañase los acordes de la bella canción Magic Signs del grupo RHAPSODY OF FIRE:

“Once again I’m wide awake
While everything is quiet
Open eyes laying on my thoughts

Heaven seems so far away
Oh, I tried to hide that inconvenient truth
Pretending that I’m blind

It’s so hard to forgive yourself

Mystic rain, please wash my tears away
Ancient spell, lights of dawn
Every scar reached the core
Every wound left a mark in my bones
Magic signs on my soul

Listen to the wailing wind
It’s time to rise again
It’ll be tough but time will prove you’re right

Whispering, then a cry will rise
I’m getting mad, I throw it all away
My chance to be more wise

It’s so hard to forgive yourself
Oh, I’m torn and I’ll swallow my pride, oh-oh …”

Leonora Carrington nació el 6 de abril 1917 en Clayton Green, en el noroeste de Inglaterra, en una familia de clase alta. Cuando era pequeña se dormía al albor de las historias tradicionales irlandesas, así como los libros de Lewis Carroll y Beatrix Potter. Con 3 años su familia se trasladaría a Crookhey Hall, un castillo neogótico rodeado de inmensos jardines y bosques que caldo de cultivo para sus obras Carrington como Green Tea.

Comienza a adquirir gran interés para mí cuando leyendo sobre ella me asalta la información de que si bien se educó en el Convento del Santo Sepulcro, en la ciudad de Chelmsford, donde estuvo encarcelado Oscar Wilde, no siguió las pautas educativas de las jovencitas de la alta sociedad destinadas al único fin al que aspiraba la mujer: el matrimonio. Nuestra Leonora leía con ansias de conocimiento y participaba en las charlas que organizaban en su casa los jesuitas del colegio de sus hermanos en Stonyhurst.

Su mundo danzaba entre la realidad y lo onírico impregnado de gnomos, duendes, gigantes y fantasmas, producto de su educación irlandesa y del contacto con la mitología celta. Desde una edad muy temprana empezó a entrar en contacto con su propio mundo interior que algunos tacharían de sobrenatural (aludía tener visiones y experiencias con espíritus y fantasmas) lo que provocó su expulsión del Santo Sepulcro. Mujer curiosa y de gran inteligencia, detestaba la educación convencional y se aburría soberanamente en las escuelas por las que pasaba (y ese aburrimiento es tedioso porque inunda todo tu espacio vital). Finalmente, su padre le envió una escuela de jovencitas (con más deseo que certeza), Miss Penrose School for Girls, de Florencia. Allí se sumergió en el arte de los museos florentinos. Después fue enviada a París para estudiar en una escuela privada de modales para señoritas, de donde también fue expulsada (Darling eres mi ídolo) y recalando finalmente en la casa de un profesor de arte quien le abrió las puertas del arte realista, aunque ese no era su destino. Fue en París donde Leonora se acercó al círculo surrealista de Pablo Picasso, Salvador Dalí y André Breton. Sin embargo, la artista remarcó que aunque eran revolucionarios, los surrealistas tenían ideas bastante retrógradas sobre las mujeres: para ellos, las mujeres involucradas en el movimiento solo eran musas en potencia. Mítica es su frase: “No tuve tiempo de ser la musa de nadie. Estaba demasiado ocupada rebelándome contra mi familia y aprendiendo a ser una artista”.

Y en estas que el destino se posicionó a su favor cuando a su regreso al Reino Unido se estableció en Londres, donde en 1936 asistió a la primera exposición surrealista que abrió en Inglaterra. Fue ahí donde descubrió y se encandiló con la de obra Max Ernst, a quien conoció en una cena un año después.

Cuando Leonora quedó fascinada por Max Ernst, tenía solo 20 años. La gran diferencia de edad, puesto que el pintor contaba con 47 años y además, estaba casado. Unido a sus posiciones surrealistas radicales hacían que el padre de nuestra pintora infartase cada vez que pensaba en las caras escuelas de modales para señoritas donde mandaba a su hija ¡oh que gran desgracia para tan noble familia que su hija tuviera criterio e inquietudes propias!. A pesar de ello, la pareja se reencontró en París y pronto se fueron a vivir a la provincia en una casa de campo. Hasta hoy se conserva en la fachada de esta casa un relieve que representa a la pareja y su juego de roles: «Loplop», el alter ego de Max Ernst, un animal alado fabuloso entre pájaro y estrella de mar y su “Desposada del Viento: Leonora Carrington. Fue el propio Max quien escribió:

“Buen viento, mal viento: os presento a la Desposada del Viento.

“¿Quién es la Desposada del Viento? ¿Sabe leer? ¿Sabe escribir francés sin cometer faltas? ¿Qué leña enciende para calentarse?

“Se calienta con su vida intensa, su misterio, su poesía. No ha leído nada, sino que lo ha bebido todo. No sabe leer. Y, sin embargo, la vio el ruiseñor sentada en la piedra del manantial, leyendo. Y aunque estaba leyendo para sí, los animales y los caballos la escuchaban admirados”.

Perdonad, pero acabo de morir de amor. Leonora era capaz de inspirar los más puros sentimientos porque ella no era de este mundo, vino a la tierra para sembrarla de belleza e ingenio.

Como toda buena historia de amor, ésta no tuvo final feliz y la vida tranquila y dichosa de la pareja duró solo un año. En septiembre de 1939, al igual que muchos otros alemanes y austriacos residentes en Francia, Max Ernst, es identificado como residente extranjero proveniente de país hostil y fue arrestado. Tras su detención e internamiento en el campo de Les Milles, Carrington sufrió una desestabilización psíquica (sinceramente, no soportó más dolor). Ante la inexorable invasión nazi, se vio obligada a huir a España. ​ Por gestión de su padre (un crack el señor) fue internada en un hospital psiquiátrico de Santander. De este período la pintora guardó una marca indeleble, que afectó de manera decisiva su obra posterior. Carrington describió, en su obra autobiográfica (En bas) esta dramática historia (fue violada y torturada). De hecho, su experiencia sirvió para que André Breton se interesara por la histeria, la locura y otras alteraciones mentales y vio a Carrington como una embajadora de vuelta del “otro lado”.

En 1941 escapó del hospital rumbo a la ciudad de Lisboa, donde se refugió en la embajada de México. Allí conoció al escritor Renato Leduc, quien la ayudó a emigrar y se casó con ella divorciándose poco tiempo después.

Volvió a casarse por segunda vez con el fotógrafo húngaro Emérico Weisz, mano derecha de Robert Capa durante años. Tuvieron dos hijos, Gabriel y Pablo. En México, la pintora restableció lazos con varios de sus colegas y amigos surrealistas en el exilio, quienes también se encontraron en ese país, tales como André Breton, Benjamin Péret, Alice Rahon, Wolfgang Paalen, Bridget Bate Tichenor y la pintora Remedios Varo, con quien mantuvo una amistad duradera.

Me he extendido más de lo habitual en la fascinante historia de Leonora porque solo conociendo su iter vital puede llegar a comprenderse toda su obra.

La obra de Leonora Carrington se confunde mucho con la propuesta artística de Remedios Varo (otra gran pintora surrealista); sin embargo, cuando se observa por separado a ambas pintoras, se concluye fácilmente que los trabajos de Carrington tienen un escape vaporoso de los que Remedio carece. Los personajes de Leonora se caracterizan por ser entes del inconsciente, como los de todos los demás surrealistas, pero de personalidades aisladas: Carrington es de las pocas artistas que logra hacer composiciones multi-estratificadas, en términos de que en sus cuadros confluyen distintas situaciones a la vez y en distintos niveles.

Así acontece con Y entonces vimos a la hija del minotauro (1953), una gran obra surrealista profundamente onírica.

Lo que resalta de esta litografía es la atmósfera fantástica que se representa en diferentes estratos. El personaje principal es un ser femenino que bien nos puede remitir a la diosa blanca que constituirá un personaje clave en la obra de Leonora. Remite al poder femenino que existía en las antiguas civilizaciones y esta referencia de Carrington la adopta a raíz de la lectura del ensayo del escritor Robert Gates titulado La Diosa blanca (1940).

Continuamos con los personajes infantiles, unos niños vestidos con capas negras en el centro de la composición que bien pudieran ser sus hijos Pablo y Gabriel Bytes. Observan o de cierta manera, están participando de manera muy tranquila en lo que parece un ritual en donde también participa una reinterpretación del minotauro (en la mitología griega nos refiere a este ser como un símbolo no domesticado de esta bestia que se encuentra dentro de la naturaleza) para entender esta referencia es importante recordar el profundo respeto que Leonora Carrington tenía hacia la naturaleza. Lo que hace en esta obra es revertir toda estructura animal del minotauro para hacer un personaje absolutamente apacible que convive con los niños de la composición.

En el ambiente predominan los tonos negros, como la oscuridad que el triple vano del fondo nos ofrece, es el mundo de la noche, el mundo de los sueños cuyos negros, a los que se abre la escena, penetran en la habitación y la imbuyen de su misterio onírico como testimonian las nubes que han entrado en la estancia.

El capitel sobre el que se sienta el minotauro y las columnas que flanquean el vano del fondo nos recuerdan al mundo griego antiguo y a su mitología que tanto de onírico tiene. Una extraña hiedra albina sube por una de las columnas intentando alcanzar las nubes que han entrado y acercarse así al mundo de lo Alto, de la mente, del Cielo (¿el Olimpo?).

Unas esferas de cristal decoran la mesa y se encuentran esparcidas por el suelo sin llegar a saber si son parte de la decoración o la comida de los seres como manzanas de las hespérides de los sueños. En el suelo las esferas descansan junto a pedazos de otros objetos desmenuzados, como papeles en pequeñísimos trozos rasgados y arrugados.

En una esquina aparecen dos perros como símbolo del más allá (puesto que antiguamente se decía que eran animales psicopompos, esto es que guían a los muertos al más allá). Uno de ellos mira a una extraña figura etérea y bailarina con rasgos vegetales que se encuentra cerca de la entrada. Por esta puerta entra una fría luz que ilumina de forma fantasmagórica la escena y que no parece tener un foco claro, lo cual aumenta la tensión de la composición y su efecto onírico.

Como podéis observar, la obra es toda una oda al mundo de los sueños un rasguño sobre la fina tela que separa realidad de la fantasía.

No hay lugar a dudas, Leonora Carrington era viento, danzante de sueños y mitos celtas en el mundo fantástico indígena de su México querido. Podría haber sido La Llorona, pero ella resurgía como el ave fénix. Inconformista de reglas y normas de rancio abolengo se casó con el viento, el cuál supo dar alas a su alma (afortunada ella que encontró a quien supo verla, muchos miran sin ver).

Leonora murió siendo la niña que soñaba con hadas, brujos, animales hechizados. Trascendió tanto que todo su conocimiento no pudo mas que plasmarlo en símbolos en dibujos extravagantes y oníricos. Quisieron lapidar su mente, su magia, pero nadie pone puertas al mar cuando éste ruge embravecido y revestido de libertad.

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