“El soldado y la muerte” – Hans Larwin

“Fue en las trincheras donde sentí con mas fuerza su gélido aliento en la nuca. No me malinterpretes, nunca fue para mí un temor o inconveniente.

¿Quién le negaría su dulce beso en la frente cuando se ahoga en convulsiones sanguinolentas y estertores de dolor?

Para nosotros, la muerte, no era más que un vaso del mejor whisky, era la ansiada redención”.

La Contadora de Imágenes.

En esta ocasión aprovecho un mes tan oscuro como lo es noviembre para que tengamos nuestro pequeño coloquio sobre la muerte a través del Arte. Obras pictóricas que aborden la temática de la muerte existen hasta la saciedad, pues es un tema que nos inquieta desde que pintábamos manos en rojo óxido en las cuevas. Sin embargo, este óleo del pintor Hans Larwin tiene un magnetismo especial, supone una “hostia” a mano abierta de realidad visual. Sin embargo, en mi entrada de hoy me he propuesto haceros entender que el enemigo no es esa huesuda figura que se apoya en el hombro del soldado, pues como suele pasar “unos cargan con la fama y otros cardan la lana” queridos.

Os estaréis preguntando quién fue este artista que supo captar con tremenda maestría la frialdad de la muerte en el campo de batalla, de hecho, él mismo pudo apreciarla de primera mano.

Larwin fue un pintor de género de los suburbios vieneses y escenas de la vida nacional, aunque también tiene espectaculares retratos de una fuerza expresiva fuera de lo normal. Nuestro querido pintor asistió a una Kunstgewerbeschule (escuela austriaca de artes vocacionales) en Viena además de estudiar desde 1889 en la Academia de Bellas Artes donde compartió pinceles con artistas como Christian Griepenkerl en 1891, desde 1893 con August Eisenmenger y desde 1894 con Kazimierz Pochwalski .

Durante la devastadora Primera Guerra Mundial , participó como pintor de guerra oficial en varios frentes de la monarquía dual Austria-Hungría, siendo en las trincheras y campos de batalla donde pudo empaparse del aroma a muerte que impregnaba la tierra.

Si acudís a cualquier experto en arte os explicará como Hans ilustra a el día a día la perfección la cotidianeidad de un soldado. Todos coinciden en visualizar al verdadero enemigo apoyando su esquelética mano sobre el soldado y susurrándole el disparo certero al enemigo ¿sí? ¿de verdad vamos a seguir señalando a la muerte como un vil personaje más de la contienda?

Sinceramente, me niego a pensar que todos nuestros miedos confluyen en la parca, ya sea un ángel negro alado que bate estrepitosamente sus alas al caer un ser humano o bien, lo trasfiguremos en un esqueleto de sonrisa desencajada. Nuestro verdadero temor, lo que nos aterra a todos los seres humanos que han poblado y habitan este minúsculo planeta es el dolor. Un dolor que puede ser físico materializándose en una enfermedad o agonía de sufrimiento o bien, un dolor de alma al ver partir a nuestros seres queridos. Dolor, queridos, padecimiento personal porque el que muere no sufre, descansa en una paz eterna. La muerte no supone más que ese anestésico físico o emocional que te envuelve metiéndote dos monedas en el bolsillo y te manda de una patada a la barca de Caronte.

Así que la muerte en sí no es más que un dulce bálsamo que nos libera de todo padecimiento.

En esta obra (esta es una interpretación muy personal sin ser yo experta ni pretenderlo) esta parca anoréxica guía el arma de nuestro soldado repartiendo expiaciones a mansalva.

Si podríamos acusarla de sádica, pues ella sola dispone de alternativas para trasladarnos a nuestra hora final, digamos que en éste óleo juega con el soldado a modo de “playmobil” “geyperman” a escala natural, chiquilladas.

Respecto de la obra en sí, poco mas os puedo referenciar que a estas alturas no sepáis. El uso de los tonos terrosos y verdes oscuros ennegrecidos nos trasladan a la atmósfera del campo de batalla, la composición entre la muerte y el soldado ajeno a la misma conforma un triángulo central cuya visón nos arrastra al mortuorio personaje principal que se sitúa sobresaliente sobre el soldado, pues la muerte siempre sale triunfante, apenas hay objetos a destacar, salvo alguna arma suelta que nos sirve de recordatorio geográfico del lugar en donde estamos, todo el conjunto de la obra no supone mas que una punzada en nuestra espina dorsal a modo de advertencia; “ no me ves, pero arrastro quejumbrosa mis pies al ritmo de tus pisadas”. O si lo preferís, en palabras del grupo IRON MAIDEN en su mítica canción The Trooper:

“You’ll take my life, but I’ll take yours too
You’ll fire your musket, but I’ll run you through
So when you’re waiting for the next attack
You’d better stand, there’s no turning back

The bugle sounds and the charge begins
But on this battlefield no one wins
The smell of acrid smoke and horses breath
As I plunge on into certain death

Oh!
Oh!

The horse he sweats, with fear, we break to run
The mighty roar of the Russian guns
And as we race towards the human wall
The screams of pain as my comrades fall

We hurdle bodies that lay on the ground
And the Russians fire another round
We get so near yet so far away
We won’t live to fight another day

Oh!
Oh!

We get so close, near enough to fight …”

Al fin y al cabo, qué es para el soldado la muerte sino su sombra doliente.

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